Lic. Camila Pérez
El agotamiento del modelo progresista y la crisis del capitalismo han llevado a un replanteamiento profundo de la democracia liberal y han abierto la puerta a la exploración de nuevos enfoques políticos y filosóficos. Aquellos que se identifican con la izquierda han encontrado en estas reflexiones una oportunidad para cuestionar las estructuras de poder vigentes y buscar alternativas más inclusivas, igualitarias y justas. En este proceso, la filosofía desempeña un papel fundamental al proporcionar herramientas intelectuales y conceptuales para repensar y (re)imaginar la democracia que queremos y necesitamos en el siglo XXI.
Frente a la avanzada e intentos de golpes que han afectado a varios países de América Latina, es indiscutible que es necesario defender la democracia. Sin embargo, surge la pregunta crucial sobre qué tipo de democracia se debe promover y si la democracia liberal actual es la más adecuada.
Chantal Mouffe [1], en su libro «En torno a lo político«, plantea una interesante crítica a la democracia liberal al destacar que esta se basa en la búsqueda del «consenso racional» y rechaza la presencia del «antagonismo», que es una característica intrínseca a la humanidad y a la política. Según la autora, la democracia liberal tiende a ignorar la realidad del conflicto y la diversidad de intereses presentes en cualquier sociedad. El concepto de «antagonismo» que Mouffe menciona se refiere a la existencia de divisiones profundas y diferencias irreconciliables en la sociedad. Estos antagonismos pueden estar relacionados con factores como la clase social, la cultura, la raza, la religión o la ideología política. En lugar de tratar de eliminar o ignorar estos antagonismos, Mouffe sugiere que es más realista y productivo aceptarlos y canalizarlos de manera democrática.
En este sentido, la democracia propuesta por Chantal Mouffe sería una «democracia agonística», que reconoce y da cabida al conflicto político. En lugar de perseguir un consenso total que silencie las diferencias, la democracia agonística se enfoca en establecer espacios de debate y lucha política donde las distintas posiciones puedan expresarse y confrontarse. Esto implica entender que no todos los conflictos se pueden resolver completamente, pero se pueden gestionar de manera respetuosa y constructiva dentro del marco democrático.
En contraposición a la idea de una democracia basada en el consenso racional, la democracia agonística busca generar una participación ciudadana activa y empoderada, donde las personas puedan expresar sus demandas y aspiraciones políticas legítimas, incluso si estas son divergentes o contrarias a otras visiones.
La pospolítica representa un desafío para el sistema democrático y pluralista en cada uno de los países de América Latina. Al buscar negar el antagonismo y enfocarse únicamente en el consenso y la reconciliación, el liberalismo tiende a simplificar la complejidad inherente a la política y a las sociedades. Esta visión racionalista y deliberativa puede llevar a ignorar las diferencias reales entre las diversas fuerzas políticas, culturas, identidades y necesidades de la población.
En un contexto donde existen intereses en conflicto y visiones del mundo divergentes, negar la existencia del conflicto solo sirve para mantener una apariencia de armonía superficial, pero sin abordar realmente los problemas y tensiones subyacentes.
Un aspecto crucial de la democracia y la pluralidad es la capacidad de dar cabida a la diversidad de opiniones y perspectivas. La existencia del conflicto y el antagonismo no debe verse como algo negativo per se, sino como una oportunidad para el diálogo, el debate y la búsqueda de soluciones inclusivas que consideren las distintas visiones y necesidades de la sociedad.
La realidad política y social de América Latina es compleja y diversa, y desconocer el antagonismo lleva a la invisibilización de problemas, como la desigualdad, la discriminación, la pobreza y la exclusión social. En lugar de evitar el conflicto, es necesario abordarlo de manera constructiva para buscar un equilibrio y avance hacia sociedades más justas y equitativas.
Negar el antagonismo y abrazar la pospolítica supone un peligro para la democracia y la pluralidad en América Latina, abriendo paso al ascenso al poder de las derechas más antidemocráticas y fascistas. Es esencial reconocer la diversidad de ideas, culturas e identidades presentes en cada país y, en lugar de evitar el conflicto, abordarlo con apertura, diálogo y tolerancia para construir sociedades más inclusivas y justas. Solo a través de la comprensión y la aceptación del conflicto como parte de la vida política, será posible avanzar hacia un futuro más prometedor para la región.
Defender la democracia mediante el reconocimiento del antagonismo tiene varias ventajas. En primer lugar, permite la inclusión de una amplia variedad de voces y perspectivas en el proceso político, lo que enriquece la toma de decisiones y aumenta la representatividad de las políticas implementadas. En segundo lugar, facilita la capacidad de resolver conflictos de manera pacífica y constructiva, lo que es fundamental para la estabilidad política y social.
La política debe reconocer y aceptar la existencia del antagonismo, ya que hacerlo es esencial para defender la democracia. Para América Latina (AL), una posible alternativa o desafío para fomentar la construcción de la democracia podría ser la radicalización hacia una democracia socialista.
Cuando me refiero a la radicalización de la democracia en América Latina, intento sugerir el avance hacia una democracia socialista. La democracia socialista como yo la entiendo, combina elementos democráticos con la búsqueda de una mayor igualdad económica y social a través de la propiedad y el control colectivo de los medios de producción y la distribución equitativa de los recursos. Este enfoque socialista en la democracia busca abordar desigualdades estructurales y fomentar la participación activa de la población en la toma de decisiones políticas y económicas. Esto implica una mayor intervención del Estado en la economía, la implementación de políticas de redistribución de la riqueza y la promoción de programas sociales que mejoren las condiciones de vida de los sectores más vulnerables.
«Golpes blandos» o “por goteo”
La idea del «golpe por goteo» (Vegh Weiss) o golpes blandos provienen de la judicialización de la política, entender cómo se lleva a cabo este proceso de deslegitimación y cómo afecta al dirigente político parece central. En este contexto, la muerte política y jurídica metafórica se refiere a un intento sostenido de debilitar la imagen, credibilidad y capacidad de acción del líder político a través de diversas acusaciones y acciones legales.
El «golpe por goteo» implica una estrategia sutil y prolongada, donde se van filtrando de manera constante y progresiva informaciones negativas o acusaciones contra el dirigente político. Estas acusaciones pueden ir desde presuntas irregularidades financieras hasta supuestos actos de corrupción, pasando por cuestionamientos sobre su ética y valores. El objetivo es generar una percepción negativa en la opinión pública, erosionando el apoyo popular al líder y debilitando su posición política.
Este tipo de estrategia que han estado llevando adelante las distintas derechas antidemocráticas en el mundo y en nuestra región. Son particularmente peligrosas, ya que puede tener un efecto acumulativo en la percepción que la población tiene sobre el dirigente. En la mayoría de los casos las acusaciones resultan infundadas o exageradas, el caso de Lula y Dilma en Brasil es un claro ejemplo pero también con Evo en Bolivia, Correa en Ecuador. En el contexto del «golpe por goteo», se hace hincapié en cómo estas acciones legales pueden ser utilizadas como una estrategia política para minar la posición de un líder sin pruebas contundentes.
La judicialización de la política en este contexto es utilizada como una herramienta para perseguir a dirigentes políticos o para frenar su ascenso político. A través de procesos judiciales prolongados y mediáticos, se busca dañar la reputación del dirigente y desviar su atención y recursos hacia su defensa legal, debilitando así su capacidad para ejercer su función política.
Para evitar este tipo de prácticas y proteger la integridad del sistema político y judicial, es esencial que las instituciones funcionen de manera independiente y que los procesos judiciales sean llevados a cabo de forma imparcial y justa. Asimismo, la sociedad debe estar atenta a posibles intentos de manipulación y desinformación, promoviendo una cultura de transparencia y rendición de cuentas en la esfera política.
En conclusión, el fenómeno del «golpe por goteo» y la judicialización de la política plantean desafíos importantes para la democracia y la estabilidad política. Comprender cómo se desarrolla este proceso puede ayudarnos a ser más conscientes de las estrategias utilizadas y a proteger la integridad de nuestras instituciones democráticas.
Lic. Camila Pérez
Diputada(s) de Canelones por MPP-609-FA
integrante PST-1968
