Fernando Ferreira
Sin lugar a dudas la Huelga General de 1973 es un ícono en la rica historia de lucha de la clase trabajadora uruguaya. Muchos nos podremos preguntar si exista la posibilidad de que ese hecho se repita ante situaciones políticas similares o no, y en nuestra opinión la respuesta no es sencilla; lo cierto es que aquella huelga fue una respuesta elaborada y consensuada por el movimiento sindical y la sociedad uruguaya para un momento histórico determinado.
El siglo XX fue escenario de grandes cambios sociales, políticos y económicos, en el que se produjeron dos guerras mundiales que reacomodaron el mundo capitalista, una revolución proletaria en el transcurso de la primera guerra y un nacionalsocialismo consolidado después de ella, como fuerza política capaz de captar los descontentos producto de la humillación sufrida en la firma de paz del Tratado de Versalles y de la crisis capitalista de 1929; el final de la guerra cambió el rumbo del capitalismo mundial y sustituyó el liderazgo imperial, además de consolidar el papel de la Unión Soviética como potencia contrapuesta a Estados Unidos. Esto motivó que muchos países vieran en ella una esperanza firme de avanzar hacia el socialismo, muchos revolucionarios pusieron en debate si la revolución podría triunfar solo si se desarrollaba a escala mundial, como lo plantearía el Che, o si había que avanzar “país por país” como un paso previo y necesario para que el mundo se volcara al socialismo. Para América Latina el ejemplo a seguir fue la Revolución Cubana que tomó el poder el 1 de enero de 1959.
Pero más allá de la lucha armada triunfante en el Caribe que inspiró a muchos revolucionarios, los países sudamericanos y centroamericanos vieron como gobiernos democráticamente electos eran derrocados por golpes militares financiados y elaborados por Estados Unidos, desde la década del 60 hasta mediados de la del 70 con la finalidad de que el ejemplo revolucionario, o las posturas a favor de las grandes mayorías populares no echaran raíces en la población. La ola intervencionista del gobierno norteamericano siempre estuvo presente, en mayor o en menor medida o de manera directa o solapada; el derrocamiento de Jacobo Arbenz en Guatemala en 1954 fue una clara demostración de la política exterior que desempañaría Estados Unidos para su patio trasero. Por la cercanía y la incidencia en nuestro país el golpe en Brasil contra Joao Goulart en 1964 señaló los destinos que correrían años más tarde tanto Uruguay como Argentina y Chile. Los golpes de estado tenían una finalidad política y económica ya que se buscaba imponer un modelo económico mundial para la nueva mutación del capitalismo y esto solo sería posible con gobiernos fieles al dictamen de Washington, los que fueron impuestos a través de fraudes electorales o con golpes de estados a manos de los militares.
El neoliberalismo era la nueva expresión del capitalismo mundial que debía abrirse paso en un convulsionado siglo XX, su objetivo era avanzar en la destrucción del Estado de bienestar en Europa y reacomodar el papel de las economías de los países del tercer mundo en la división internacional del trabajo, por lo que estaba claro cuál era su enemigo a vencer: la clase trabajadora.
Nuestro país, al igual que otros de América, había alcanzado un grado de industrialización incipiente, como consecuencia de la llegada de equipos industriales sustituidos en Estados Unidos tras los avances tecnológicos generados por la segunda guerra mundial; el proceso conocido como desarrollismo permitió una política de sustitución de importaciones y modificó el mapa del mundo del trabajo de la época. El gobierno de Luis Batlle Berres, asumió a los pocos meses de ganar la elección de 1946 la fórmula Berreta – Batlle ante el fallecimiento de Tomás Berreta, fue conocido como el neobatllismo y fue allí donde se dio un proceso de modernización de la industria: “antes de asumir el mando Berreta realizó un viaje a los Estados Unidos invitado por el presidente Harry Truman obteniendo una provisión importante de maquinarias e instrumentos para la agricultura, cuyo desarrollo y tecnificación procuraría el futuro presidente»1
“El 2 de agosto de 1947 falleció Tomás Berreta, asumiendo la Presidencia de la República, según lo disponía la Constitución, Luis Batlle Berres (…) Continuó y profundizó la política dirigista usando al máximo los recursos que la instrumentación de la misma le proporcionaba, de modo de subsidiar exportaciones e importaciones, mantener controlados los precios de los artículos de primera necesidad para favorecer a los sectores sociales más desprotegidos, (…) A través de la política monetaria de cambios múltiples, créditos blandos y beneficios varios la industria realizó un importante despegue (…) Aumentaron las empresas, los empresarios, los obreros y los empleados (…) El número de empresas pasó de 11.570 (…) a 22.472, según los datos arrojados por un censo realizado en 1947. También siguieron subiendo los salarios que habían comenzado a aumentar en 1943 con el consiguiente crecimiento del mercado interno. ”2
Este período de la historia cuenta además con actores y acuerdos que llegan a nuestros días: la “coincidencia nacional” entre Luis Batlle y Luis Alberto de Herrera y la protesta del agro encabezada por la Asociación Rural del estanciero Domingo Bordaberry y la Federación Rural de la mano de Benito Nardone; un dato no menor es el comienzo en 1947 del período conocido como “guerra fría”.
Como decíamos anteriormente existían los Consejos de Salarios desde 1943. Aquí comenzaron los primeros debates entre los diferentes Sindicatos sobre el papel que estos adquirían: algunos pensaban que eran herramienta de cooptación por parte del gobierno y frenaban la lucha de los gremios por mejoras salariales y condiciones de trabajo, otros que eran una herramienta de organización que permitiría consolidar los sindicatos. Lo cierto es que al llegar al gobierno de Tomás Berreta, conservador y anticomunista, la represión y persecución a las luchas reivindicativas provocó movilizaciones de sindicatos tanto del sector público como del privado. Las mejoras económicas que se comienzan a generar con su sucesor encuentran a un movimiento sindical, si bien nucleado en diferentes centrales sindicales o “autónomos”, más organizado y en camino a nuclearse en ramas de actividad por lo que no es extraño que en este período se funden la FFOSE en 1946, FOEB en 1948, AUTE en 1949, UNTMRA en 1953 para nombrar solo algunos.
Estos procesos se pueden interpretar como un avance en la organización sindical y, a partir de ello, una mayor incidencia del mismo en la vida política del país; el aumento de la mano de obra industrial en los sucesivos períodos (14.2 de la PEA en 1955, 16,2 en 1963) incrementa el proletariado clásico y potencia el “sujeto revolucionario”, lo que será de vital importancia en un momento fermental de la historia mundial. Estos avances son los que van a permitir que se concreten el Congreso del Pueblo, el Congreso de la Unificación Sindical, la fundación del Frente Amplio y la concreción de la Huelga General contra la dictadura militar instaurada en 1973, lo que dejó a la clase trabajadora organizada en la CNT al frente de los movimientos sociales.
Ideologías
Para posicionarnos en tiempos cercanos a la unificación del movimiento sindical, veremos que el neo batllismo dará paso a gobiernos colegiados como consecuencia de la reforma constitucional de 1952, los que tendrán mayorías de integrantes del Partido Nacional; la reforma constitucional de 1967 retomó el régimen presidencialista y al Partido Colorado al gobierno con la elección de la fórmula Gestido – Pacheco Areco. Fue un proceso de deterioro de la economía nacional con aumentos de la inflación y del salario trayendo como consecuencia un alto índice de conflictividad, esto dio al Poder Ejecutivo la excusa necesaria para aumentar la represión mediante sucesivas aplicaciones de medidas prontas de seguridad; desde 1952 en adelante fue el período en el que se aplicaron con mayor frecuencia, siendo en la conflictividad sindical el mayor argumento para su implementación.
Nuestro país contemplaba el espectro ideológico más amplio a través de los partidos tradicionales y los de izquierda antes de la década del 60, blancos como colorados daban cabida en su seno tanto a los sectores de derecha conservadora como a los que hoy podríamos catalogar como progresistas; en la interna de las fuerzas armadas también se daban manifestaciones de apoyo a las diferentes expresiones ideológicas que representaban blancos y colorados y cuando se conformó el Frente Amplio hubieron quienes se identificaron con la novel coalición de izquierda.
Con el correr de los años y de cara a las elecciones de 1971, las últimas previas al golpe de estado, la aparición de la izquierda unida en un solo lema motivó a que los partidos tradicionales buscaran ofertas electorales capaces de competir electoralmente, por lo que sería necesario un programa de gobierno atractivo para las clases populares de nuestro país; el partido nacional fue quien más se esforzó al contraponer al Herrerismo encabezado por el general (r) Mario Aguerrondo con la figura de Wilson Ferreira Aldunate y su programa “Nuestro Compromiso con Usted”; un plan de gobierno con cierto tinte desarrollista que competirá con el del Frente Amplio que planteaba la nacionalización de la banca y la reforma agraria entre otros temas.
El Congreso del Pueblo y la unificación sindical
En 1964 ya existían rumores de la posibilidad de golpe de estado en Uruguay producto de la situación conflictiva y la injerencia de Estados Unidos en América Latina. En nuestro país varios militares de ultraderecha veían con simpatía lo ocurrido en Brasil tras el golpe militar contra Goulart, esa situación cercana lleva a varios Sindicatos a convocarse en la Federación Obrera de la Lana para discutir la situación nacional. En ese encuentro, todos de integrantes de diferentes centrales sindicales, se vota la moción propuesta por el Congreso Obrero Textil de “(…) responder con la huelga general por tiempo indeterminado y la ocupación de los lugares de trabajo ante cualquier situación de golpe de estado o políticamente equivalente, como forma de resistencia del movimiento sindical y que habilitara otras formas – civiles y militares – con la finalidad de derrotarlo”3. Allí mismo se votó “dotar al movimiento sindical uruguayo de un programa de salida de la crisis económica (…)”4, lo que dio lugar al Congreso del Pueblo. El año 1964 y buena parte de 1965 fue de acumulación para lograr que la mayor cantidad de organizaciones participaran del debate y la elaboración del programa. En el mes de agosto de 1965 se concreta el Congreso con la participación de algo más de 700 organizaciones con cerca de 1500 delegados discutiendo en el Palacio Peñarol, lo que dio como resultado la aprobación de un “plan de soluciones a la crisis”, alternativo a los planes económicos del gobierno colegiado de derecha, el que no tomo en cuenta los aportes más allá de una breve convocatoria a un acuerdo social que no prosperó. Por la extensión de las resoluciones emanadas del Congreso, nos pareció pertinente presentarlas como un “anexo” a este texto.
Con la participación de varios sindicatos en diferentes encuentros proponiendo acciones y soluciones ante la situación política y económica, muchos de ellos nucleados en centrales sindicales y otros “autónomos”, se estaban sentando las bases para la unidad sindical, la que se concretaría en el año 1966 y sería el factor fundamental para poder responder al golpe militar con la huelga general. La unidad es una premisa política y organizativa indispensable para poder llevar adelante una acción de estas características. La clase trabajadora no es inmune a las posiciones de derecha, incluso a las golpistas y/o fascistas, por lo cual el papel desempeñado por los dirigentes de la CNT con una impronta netamente clasista fue fundamental, lo que se reflejó en el acatamiento masivo de las y los trabajadores de nuestro país; podemos concluir que el movimiento sindical de aquel entonces tenía una influencia indiscutible y contaba con un apoyo popular que lo pondría a la vanguardia de la resistencia al golpe de Estado.
La Huelga
Tener en cuenta los acontecimientos que se dieron previamente a la ejecución de la huelga general nos permite reflexionar sobre si hubiera sido posible haber ido un poco más allá y convertirla en insurreccional, o si simplemente cumplió su papel de resistencia y apelaba a una salida institucional en el corto plazo.
Las elecciones de 1971 pusieron en escena la novel coalición de izquierdas con un programa de gobierno basado en las propuestas del Congreso del Pueblo, en contraposición un sector del Partido Nacional encabezado por Wilson Ferreira Aldunate, apartado de la derecha herrerista, y al Partido Colorado con un ex nacionalista conservador y católico encabezando la fórmula que fue Juan María Bordaberry. Si bien el triunfador fue el partido colorado, no sin denuncias de fraude por parte de los otros partidos, el electorado que podríamos calificar como “progresista” se dividió entre la propuesta wilsonista y la frenteamplista.
En el año 1973, más precisamente en febrero, los comunicados 4 y 7 generaron confusión en varios sectores políticos de la izquierda y al interior del movimiento sindical. En ellos se planteaba la participación “honesta” de todos los sectores del pueblo uruguayo, incentivar la exportación mejorando las condiciones de la producción nacional, eliminar la deuda externa, atacar los ilícitos económicos, redistribución de la tierra, desarrollo de la industria, mejora del ingreso, ataque a los monopolios, descentralización y desarrollo con reforma de la enseñanza y… extirpar a toda forma de subversión, además de promover valores republicanos contra el marxixmo leninismo. Al igual que lo planteado en el caso del Congreso del Pueblo, colocaremos estos comunicados en el “anexo”.
Sin duda alguna los militares inspiraron su discurso en las acciones tomadas por diferentes militares golpistas en América (Velazco Alvarado en Perú, Barrientos en Bolivia, Torrijos en Panamá) con la finalidad de confundir a la población que mayoritariamente apoyaba las acciones de los movimientos sociales en nuestro país. Críticos con la conducción de la huelga general y con la pasividad manifiesta desde febrero de 1973, mes de surgimiento de los comunicados militares y que para muchos autores es la “verdadera” fecha del golpe, la FUS, el sindicato de FUNSA y la FOEB emiten el 12 de julio de 1973 el documento conocido como las “3F”. Desde estos gremios se caracterizaba como un error “la pasividad expectante con que el movimiento popular encaró su accionar de febrero en adelante. Fue pues un error la movilización sin alcanzar objetivos propios inmediatos que eran de vital importancia para los trabajadores y – en algunos casos – coincidían con puntos de los comunicados 4 y 7, fuese cual fuese la interpretación que a ellos se les diera (…) Finalmente, con el golpe del 27 de junio, las FUERZAS ARMADAS se han ubicado en forma inequívoca como el brazo armado de la oligarquía y el imperialismo”.5
Reflexiones
Analizar la historia y juzgarla 50 años más tardes nos puede llevar a un anacronismo perverso producto de comparar momentos históricos diferentes, pero sí es necesario sacar conclusiones que nos permitan valorar lo que se logró y no repetir en un futuro los mismos errores. Para nosotros fue fundamental la acumulación del movimiento sindical a partir de la década del 40 y cuya expresión final fue el Congreso de la Unificación, pero sin lugar a dudas lo más importante fue que el movimiento sindical era la referencia para los movimientos sociales de la época lo que quedó demostrado en la convocatoria al Congreso del Pueblo. A pesar de ese papel, no son incuestionables las decisiones que tomó en aquel momento, y eso incluye la Huelga General.
Si bien en varios países europeos se manejó la posibilidad de la huelga ante una guerra mundial o, incluso, ante la llegada al poder del fascismo, en algunos casos se fue un poco más lejos y se planteó el levantamiento armado, “la huelga general no es más que una fórmula vacía si se trata de aplastar al fascismo en su tentativa de apoderarse del poder”.6
En nuestro país la huelga general cumplió un papel de resistencia durante el tiempo que lo podía sostener ya que no tenía un plan alternativo y, desde nuestro punto de vista, no logró debilitar la dictadura ya que esta permanecería en el poder con la complicidad de los políticos de la derecha nacional y de las cámaras empresariales durante 12 años. “Los sindicatos solo son uno de los medios a emplear hacia la revolución proletaria”7, es por ello que su destrucción fue uno de los objetivos fundamentales de la dictadura encarcelando, condenando al exilio, torturando y desapareciendo un número importante de militantes sindicales y sociales. La dictadura tenía como finalidad aplicar un modelo económico a cualquier precio y lo logró: dejó una pérdida salarial promedio de casi un 50%, una pobreza cercana al 40% y una deuda externa equivalente al 90% del PBI. La recomposición del salario demorará muchos años desde el retorno a la democracia, llegando a su mayor participación con respecto al PBI en 1998. La crisis de los años 2000 volverá a rebajarlo, para recién alcanzar aquellos niveles de final de la década del 90 en el segundo gobierno del Frente Amplio; hoy nuevamente ha retrocedido la masa salarial en su incidencia en el PBI.
Si es correcto pensar que la huelga general solo podía cumplir un papel de resistencia y no de insurrección, deberíamos coincidir en que la gran ausente de la lucha contra la dictadura fue la clase política expresada en los partidos, sean ellos los tradicionales o el novel Frente Amplio, ya que ninguno llamo a la huelga insurreccional, que implica el alzamiento armado, ni a una revolución democrática que movilizara permanentemente a la población sustentada en el movimiento sindical. La historia recuerda sin embargo los discursos parlamentarios en durante el abandono del Palacio Legislativo, la resistencia solo quedó en eso: discurso de resistir hasta morir de Vasconcellos pero fue convencido de entregar su arma por los golpistas que tomaban el Palacio o el de Wilson Ferreira Aldunate diciendo que en él la dictadura encontraría un enemigo acérrimo…y se marchó al exilio.
De un lado estaría la derecha apoyada en el ejército y del otro el movimiento social. La huelga dio lo que pudo dar.
Si nos planteamos que pasaría en caso de que la historia se repitiera el análisis nos debe dejar más dudas que certezas, entre otras cosas porque el siglo XXI recibe una clase trabajadora derrotada y en retroceso a escala mundial producto del ajuste brutal del capitalismo; a este ajuste económico y social habrá que sumar los cambios en el mundo del trabajo que llevan adelante un proceso de mayor tecnificación, recorte de beneficios sociales y un serie de empleos que pueden ser desempeñados desde la soledad del hogar. Ya no existen grandes ejércitos proletarios vinculados a las fábricas, muchas de ellas deslocalizadas, ni un nuevo desarrollismo en los países de América del Sur luego de los períodos progresistas y del precio sideral de los comodities; el sujeto revolucionario sigue siendo trabajador pero ¿sigue siendo el proletariado industrial quien lo represente? Quizás tendamos a pensar que en tiempo de redes sociales es más simple generar convocatorias, pero solo pensando en el desenlace de la “primavera árabe” ya deberíamos rechazar de plano esa posibilidad.
Nuestro movimiento sindical está en una encrucijada. “Hoy el movimiento sindical se encuentra tan aturdido como la fuerza política como consecuencia de los cambios en el mundo del trabajo, sigue con una propuesta de desarrollo industrial que no es real para nuestro país y no logra acumular con una fuerza creciente como son los trabajadores del servicio, los cuentapropistas y los pequeños o medianos empresarios. Se ha sumado a ello una campaña de desprestigio por parte de la derecha la que, además, intenta por todos los medios reglamentar al máximo posible la actividad sindical. El movimiento sindical está en una encrucijada en la que, o logra entender los cambios en el mundo del trabajo y piensa en una nueva forma de organización, o está condenado a no entender la nueva clase trabajadora que surge y pierda la representatividad de la clase y quede reducida a una mínima expresión”. 8
Nadie puede asegurar que la forma de ajuste del capital sobre el trabajo no sea un golpe de estado militar o cívico militar y que no haya que generar resistencias a ellos, pero el desafío actual es enfrentar los embates autoritarios de derecha y de seudo izquierda consagrados mediantes elecciones democráticas. Todas las limitaciones a derechos de todo tipo y recortes a la libertad son las nuevas formas de opresión, las que deben ser resistidas en conjunto por los movimientos sociales, pero hoy el movimiento sindical está lejos de aquel del siglo XX capaz de nuclearlos a todos y encabezar la lucha; o tenemos la capacidad de entender el siglo XXI o podemos quedar al margen de la pelea.
Como dijo Marx en el 18 brumario citando a Hegel: “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, 2 veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa”9
Anexos:
Comunicados 4 y 7 (1973): https://elmuertoquehabla.blogspot.com/2011/02/los-comunicados-4-7-1973-presente.html
Acta Congreso del pueblo (): Documento tomado de la web del II Congreso del Pueblo (click para acceder) y presentado por la Red de Economistas de Izquierda (REDIU).
Referencias:
1Ana Frega y otros, Historia del Uruguay en el siglo XX (1890-2005), Ediciones de la Banda Oriental, Montevideo, 2008, pág. 136
2 Ob. Cit. Pág. 142
3 Carlos Bouzas “La Generación Cuesta Duarte”, Aebu/Pit – Cnt, Montevideo 2009,pág. 88
4 Ob. Cit. Pág 89
5 Alvaro Rico “15 Días que estremecieron al Uruguay”, editorial fin de siglo, Montevideo, 2006, pág 606 y 607
6 León Trotsky “Los Sindicatos y las tareas de los revolucionarios “, editorial Ceip, Buenos Aires, 2010, pág.84.
7 Ob. Cit. Pág 103.
8 Documento Construcción XI Congreso del PST, pág. 19
9 Karl Marx, Federico Engels, Obras Escogidas, “EL 18 Brumario de Luis Bonaparte”, editorial progreso, Moscú, 1966, pág 233.

