Fernando Ferreira
El 1 de mayo de 1883 en el Congreso de Pittsburgh, Estados Unidos, organizaciones sindicales y revolucionarias se reunieron con la finalidad de planificar la lucha por la jornada de 8 horas en ese país. A partir de dicho Congreso se fueron sentando las bases de la huelga general del año 1886 que terminaría con la prisión y la muerte de los 8 trabajadores a los que hoy conocemos como los “Mártires de Chicago”.
Pero la idea no es desarrollar los acontecimientos de aquel hecho histórico que marcó a la clase trabajadora mundial, sino dimensionar el acto revolucionario del mismo e intentar comprender que sin la participación de los trabajadores en dichos procesos es imposible generar cambios profundos, estructurales, en las esferas políticas, económicas y sociales de una sociedad; dicho de otra manera: una revolución.
La lucha por la jornada laboral de 8 horas fue el inicio de muchas batallas en las que los trabajadores enfrentaron al capital en defensa de sus derechos, conquistas y hasta de su propia vida. El avance del tiempo a través de los siglos trajo consigo cambios sustanciales en las formas de empleo, en las organizaciones sindicales y en los individuos, pero no sustituyó la vigencia de la contradicción principal: capital/trabajo.
Hemos analizado en anteriores artículos el papel que jugó el neoliberalismo durante las últimas décadas del siglo pasado bajo gobiernos de distinto signo, siendo estos democráticos en algunos casos o recurriendo a dictaduras sangrientas en otros: el objetivo final fue despojar a los trabajadores de sus conquistas, reducir al mínimo sus ingresos y construir una sociedad cada vez más individualista donde prime el sálvese quien pueda sobre la construcción colectiva. Los cambios en el trabajo fueron fundamentales para concretar la nueva política económica mundial de la mano de la deslocalización de las empresas y del toyotismo, pero también con los avances tecnológicos y la robotización. Los grandes núcleos industriales que albergaban al proletariado clásico comenzaron a desaparecer o mutaron a pequeños, ya sea porque la producción se trasladaba a diferentes países con menores costos operativos, bajos niveles de sindicalización, escasos o nulos derechos laborales, o como consecuencia de la pérdida masiva de puestos de trabajo producto de los avances tecnológicos.
Los cambios también alcanzaron a la clase trabajadora, complejizando el análisis lineal de quienes solo veían a los obreros como sujeto revolucionario; no integrar el concepto trabajadores y las diferentes expresiones que hoy encontramos en el empleo y que no escapan de la lógica de la explotación capitalista reduce las posibilidades de organización y lucha contra el capital. Fueron transformaciones cuantitativas y cualitativas de la clase trabajadora: la desocupación estructural, el trabajo precario y el aumento de la informalidad, del subempleo, la flexibilización y una fuerte inserción de la mujer en el mercado laboral pasan a ser parte de la novel estructura. Todo esto nos aleja cada vez más de la revolución si solo tomamos como sujeto revolucionario al proletariado fabril, a los obreros.
Nuestro país ocupa un lugar en la división internacional del trabajo, aunque sea una parte diminuta de la economía mundial, y por lo tanto absorbió todos los procesos que se dieron a nivel global. El proletariado clásico es cada vez menor y aumentaron las distintas formas de empleo mencionadas en el párrafo anterior. Solo para ejemplificar la caída del proletariado industrial comparemos su desempeño en la población económicamente activa (PEA) en un breve período de tiempo: en el año 1963 alcanzaba el 16.2%, de la PEA y en la actualidad apenas supera el 10%.
El 99% del total de las empresas son MIPYMES (micro pequeñas y medianas empresas) las que ocupan el 68% de los trabajadores, lo que indica que cerca de 1.200.000 son empleados por empresas que cuentan en su plantilla desde 1 trabajador hasta 99. Si quisiéramos ahondar un poco más en el universo empresarial encontraremos que poco más de las 205.000 empresas que hoy registran actividad 180.000 son MICROEMPRESAS, las que por su definición solo pueden ocupar de 1 hasta 4 trabajadores, por lo cual podríamos concluir que un gran número de empleados están registrados bajo este formato de contrato laboral, o cumplen funciones en empresas registradas bajo esa modalidad. Como dato adicional: las grandes empresas, aquellas que emplean 100 trabajadores o más, son poco más de 900.
Nuestro país es exportador de materias primas con poco o nulo procesamiento y de servicios. El papel que estos últimos tienen en la economía nacional, fundamentalmente la rama que se conoce como TICS (tecnología información y conocimiento), es preponderante: cerca de 500 empresas mayoritariamente grandes y medianas, siendo estas últimas las que ocupan más de la mitad de los 33.000 empleados, la actividad factura cifras cercanas al 4.5% del PBI nacional, algo más de 3.600 millones de dólares. El dato que nos interesa resaltar es que no todos sus trabajadores son “directos” sino que se subcontrata personal mediante empresas unipersonales, lo que nos sigue mostrando la importancia que ha tomado esta forma de contratación.
La informalidad es otro dato importante a tener en cuenta a la hora de analizar el mercado laboral. En América Latina los números son elevados y afectan a casi la mitad de los trabajadores si tomamos el promedio regional. Yendo a casos particulares encontramos que en países como Perú, Bolivia o Ecuador el informalismo llega a una cifra cercana al 70%, en Colombia algo más del 50%, Argentina en aumento llega al 43%, Brasil en descenso un 37%. En Uruguay la cifra es poco más del 21% de los ocupados lo que se traduce en unos 382.000 trabajadores. Informalidad y subempleo reflejan la precarización laboral y al sumar ambas condiciones notamos que un número importante de trabajadores tienen problemas de empleo: el 30% de los ocupados del país está subempleado o tiene trabajo en condiciones informales, un número llamativo en el que probablemente encontraremos cuentapropistas, changadores, servicio doméstico, y tantos otros que, al igual que los trabajadores formales, venden su fuerza de trabajo y también son parte de la clase trabajadora.
Uruguay hace varios años se convirtió en un país receptor de migrantes. De acuerdo a datos del INE hay 122.151 migrantes mayoritariamente argentinos, cubanos y venezolanos radicados en nuestro país: entre el 3 y el 3.5% de la población son extranjeros residentes de los cuales más de la mitad son mujeres. De este colectivo más de 100 mil trabajadores migrantes están registrados en la seguridad social, uno de cada 15 trabajadores aportantes, el resto probablemente trabaje en la informalidad.
Esta fotografía intenta demostrar como Uruguay las nuevas formas de empleo están presentes y que no son algo ajeno, sino que ya se expresan en la contradicción local del capital con el trabajo. Los cambios mundiales esta vez no llegaron más tarde al país sino que ya están aquí…y hace mucho tiempo.
Si tratáramos de establecer las condiciones necesarias para cambios revolucionarios tales como los que comenzaron a partir de los Mártires de Chicago, deberíamos tomar en cuenta que la clase trabajadora es mucho más heterogénea que hace 2 siglos. El mundo del trabajo hoy se presenta como un gran caleidoscopio que muestra diferentes formas de explotación por parte del capital: trabajadores dependientes, independientes, tercerizaciones, subcontrataciones, micro empresarios, “emprendedores”, todos ellos trabajadores que de una forma u otra venden su fuerza de trabajo al capital; todos, o casi todos, indefensos ante el poder del mismo. Los análisis que hagan los sectores de izquierda revolucionaria y las organizaciones sindicales serán fundamentales para llevar adelante una revolución pero, a nuestro entender, ambas se encuentran en una actitud defensiva desde hace ya varios años lo que los aleja de la posibilidad siquiera de plantearse el objetivo.
Este 2026 se cumplen 60 años del Congreso de la Unificación Sindical en nuestro país que marcó un mojón revolucionario al consolidar en la unidad sindical las propuestas consagradas por miles de delegados en el Congreso del Pueblo de 1964, entre las que se incluyó la defensa de la Democracia ante el golpe de estado que se avecinaba y daría lugar a la huelga general de 1973. La conjugación de ambas experiencias fueron el impulso fundamental para la fundación del Frente Amplio apenas 5 años después.
“Hoy el movimiento sindical se encuentra tan aturdido como la fuerza política como consecuencia de los cambios en el mundo del trabajo, sigue con una propuesta de desarrollo industrial que no es real para nuestro país y no logra acumular con una fuerza creciente como son los trabajadores del servicio, los cuentapropistas y los pequeños o medianos empresarios. Se ha sumado a ello una campaña de desprestigio por parte de la derecha la que, además, intenta por todos los medios reglamentar al máximo posible la actividad sindical. El movimiento sindical está en una encrucijada en la que, o logra entender los cambios en el mundo del trabajo y piensa en una nueva forma de organización, o está condenado a no entender la nueva clase trabajadora que surge y pierda la representatividad de la clase y quede reducida a una mínima expresión”. Esta era nuestra opinión reflejada en el Documento de Construcción del XI Congreso del año 2021.
Hemos escuchado muchas veces que el proletariado se lo quiere sustituir por la “clase obrera”, intentando construir una clase a partir de un sector de los trabajadores y sustituyendo a la totalidad del proletariado. Recuperar la intención revolucionaria pasa por acumular con la clase trabajadora TODA. No podemos pensar un movimiento sindical de grandes gremios con miles de afiliados como piedra angular de la lucha de clases, esa visión nos puede convertir en un movimiento sindical mayoritariamente vinculado al funcionariado público. Los caminos que se transiten serán los que determinarán su desaparición o fortalecimiento como organismos representantes de los trabajadores. Es necesario unificar a todos aquellos viven del trabajo, a toda la clase trabajadora, todos los proletarios, para generar una organización que luche contra el capital.
Hoy nos encontramos lejos de comenzar un camino revolucionario, anticapitalista, que tome la ofensiva para avanzar a una sociedad más igualitaria que comience a transitar hacia una sin explotados ni explotadores. Organizar a quienes viven del trabajo más allá de su heterogeneidad es la tarea revolucionaria de nuestro tiempo. No se trata de comparar sino de retomar la lucha por la emancipación de la clase trabajadora.



