La era Homelander: cómo la ultraderecha convirtió el exceso en poder

Mauricio Galván*

En el final de la tercer temporada de The Boys, Homelander (probablemente el mejor villano de lo que va del siglo, obviamente después de Hans Landa) mata a un manifestante frente a una multitud. No hay doble interpretación. No hay ambigüedad moral. Todo ocurre a la vista del público y de las cámaras. El rayo láser atraviesa la cabeza del disidente y el cuerpo cae. Durante unos segundos, el silencio pesa. Luego alguien aplaude. Y el aplauso prende como chispa en pasto de verano.

La escena es brutal, no por la violencia en sí, sino por el espejo incómodo que pone frente a nuestra propia realidad.

En 2016, Donald Trump declaró que podría “pararse en medio de la quinta Avenida y disparar a alguien” sin perder votantes. No era (solamente) una hipérbole torpe de las que no tiene acostumbrado, era una afirmación descarnada sobre el vínculo entre líder y masa. La lealtad ya no depende de la legalidad ni de la moral pública, sino de la identificación emocional. El exceso no debilita: cohesiona.

El analista Franco Delle Donne lo define con claridad en Epidemia Ultra. Las derechas radicales no crecen pese a su radicalidad, sino gracias a ella. No moderan para ampliar base; intensifican discurso y agravio para consolidar identidad. La “epidemia” se propaga cuando el malestar se convierte en relato y el relato en comunidad política. La clave no es convencer a todos, sino activar a los propios mediante un discurso de agravio permanente. luego los mismos seguidores y las redes sociales, gestionadas por los tecnofeudalistas que administran algoritmos y atención, hacen el resto.

Delle Donne también señala que el discurso ultra transforma derechos en privilegios sospechosos y convierte la igualdad en amenaza. Se instala la idea de que existe un “pueblo verdadero” (casi siempre blanco, casi siempre hombre y casi siempre cristiano) despojado por minorías, feminismos, migrantes o por quienes serían supuestamente beneficiarios de un Estado capturado por “la casta”. En esa operación simbólica, recortar derechos no se presenta como retroceso, sino como reparación a los afectados por el otro.

El mecanismo es fácilmente reconocible. En Italia, Giorgia Meloni convirtió la cuestión migratoria en prueba de autoridad. Cada restricción, cada negativa a desembarcar ONGs de rescate refuerza la narrativa de soberanía e identidad. En Hungría, Viktor Orbán consolidó un modelo de “democracia iliberal” que reduce contrapesos institucionales y confronta con la prensa y la Unión Europea como si fueran invasores morales. El conflicto permanente es su combustible. En Argentina, Javier Milei hizo del ajuste extremo, de la guerra cultural contra el feminismo y el revisionismo histórico, una épica refundacional. La motosierra no es solo herramienta fiscal, es símbolo de demolición del consenso democrático previo.

Cuanto más feroz el discurso, más nítida la frontera entre “ellos” y “nosotros”. Cuanto más tajante el gesto, más sólido el núcleo duro. La radicalidad opera como prueba de autenticidad: si incomoda a los “enemigos”, entonces es correcta. La denuncia del adversario no erosiona, certifica.

Israel ofrece una dimensión aún más dramática del fenómeno. Benjamin Netanyahu, debilitado durante años por procesos judiciales por corrupción y por multitudinarias protestas contra la reforma del sistema judicial, encontró en la ofensiva posterior al 7 de octubre de 2023 un mecanismo de reordenamiento político interno. La causa bélica desplazó prioridades: el debate institucional cedió ante la lógica de la guerra. El genocidio en Gaza, denunciada internacionalmente, lejos de erosionar sus bases, contribuyó a cohesionar a una parte significativa de la sociedad en torno a una identidad  la cual se sentia y siente amenazada.

La democracia liberal partía de un supuesto: vulnerar derechos tendría un costo electoral. Hoy ese supuesto se resquebraja. La vulneración, presentada como acto de rebeldía frente a élites decadentes, puede convertirse en medalla y votos. El escándalo es combustible y parece ser que cuanto mas histriónica y desagradable sea la declaración, mas impacto positivo en las masas.

Delle Donne advierte que la “epidemia ultra” prospera cuando el malestar económico y cultural se articula en clave emocional, no programática. No se vota un plan técnico; se vota una narrativa de restitución. El líder radical no ofrece complejidad: ofrece certeza. No administra tensiones: las dramatiza.

Y así, el disparo en la ficción deja de ser exageración. Se vuelve pedagogía de poder. El aplauso posterior es la señal de que una parte creciente de la sociedad ha redefinido el límite. La pregunta ya no es si cruzan la línea. La cruzan. La pregunta es por qué el público aplaude cada vez más. Quizá porque, en tiempos de incertidumbre, el aplauso suena más fuerte que el argumento.

*Artículo cedido por el autor para nuestro periódico. Publicado originalmente en https://anadieleimportamuchoesto.blogspot.com/2026/02/la-era-homelander-como-la-ultraderecha.html?m=1

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