Rosa Luxemburgo* (Extractos)
La Revolución Rusa es el acontecimiento más grandioso de la guerra mundial; la forma en que se inició, su radicalismo sin igual y su efecto permanente son el mejor mentís lanzado a la fraseología Ideológica con la que la socialdemocracia alemana oficial disfrazó, en un principio servicialmente, la campaña de conquista del imperialismo alemán; esto es, la fraseología sobre la misión de las bayonetas alemanas consistente en derrocar al zarismo ruso y liberar a los pueblos que oprimía.
La amplitud extraordinaria que ha alcanzado la revolución en Rusia así como su acción profunda que ha trastornado todas las relaciones de clase y ha puesto de relieve todos los problemas sociales y económicos, avanzando en consecuencia desde el primer estadio de la república burguesa hasta fases superiores, movida por la fatalidad de su lógica interna en la cual la caída del zarismo es sólo un episodio sin importancia, casi una bagatela , todo esto demuestra palmariamente que la liberación de Rusia no fue el resultado de la guerra y de la derrota militar del zarismo ni tampoco la obra meritoria del «brazo alemán armado con la bayoneta alemana», como se prometía un artículo de fondo de Neue Zeit (1) bajo la redacción de Kautsky.
La liberación de Rusia tenía ya raíces muy profundas en el propio país y se hallaba completamente madura. La aventura militar del imperialismo alemán bajo la cobertura ideológica de la socialdemocracia alemana lejos de anunciar la revolución en Rusia, la interrumpió durante una temporada en sus comienzos, luego la obligó a pasar por las circunstancias más difíciles y anormales.
Para cualquier observador reflexivo este proceso revolucionario constituye una prueba contundente de la falsedad de la teoría doctrinaria que Kautsky comparte con el partido de la socialdemocracia gubernamental, según la cual, al ser Rusia un país económicamente atrasado y predominantemente agrario, no estaría maduro para la revolución social y para una dictadura del proletariado.
Esta teoría que sólo admite como viable en Rusia una revolución burguesa de cuya concepción se deriva la táctica de la coalición de los socialistas con el liberalismo burgués en Rusia es asimismo, el ala oportunista del movimiento obrero ruso, los llamados mencheviques bajo la dirección eficaz de Axelrod y Dan(2); estos dos oportunismos, el ruso y el alemán, coinciden por entero con los socialistas gubernamentales alemanes en la apreciación general de la revolución rusa de la cual se deriva por sí sola la posición en materia de detalles tácticos.
Según estos tres sectores la revolución rusa habría debido detenerse en aquel estadio que según la mitología de la socialdemocracia alemana, constituía el noble objetivo del mando militar del imperialismo alemán: la caída del zarismo.
Que la revolución haya superado este estadio, que se haya planteado el objetivo de la dictadura del proletariado, no es según esta doctrina más que un error del ala radical del movimiento obrero ruso, de los bolcheviques; de forma que todas las calamidades que se han abatido posteriormente sobre la marcha de la revolución y toda la confusión de que ésta ha sido víctima son un resultado de ese error cargado de consecuencias.
Desde el punto de vista teórico esta doctrina, recomendada como «fruto del pensamiento marxista» tanto por el Vorwarts de Stampfer (3) como por Kautsky, arranca del original descubrimiento «marxista» del carácter nacional, por así decirlo, casero, de la revolución socialista en cada Estado moderno. (…)
Lo que el curso de la guerra y de la Revolución Rusa han puesto en evidencia no ha sido la inmadurez de Rusia sino la inmadurez del proletariado alemán a la hora de realizar sus tareas históricas. Exponer este resultado con toda claridad es la primera tarea de una consideración crítica de la Revolución Rusa.
La fortuna de la Revolución Rusa dependía por entero de los acontecimientos internacionales y el hecho de que los bolcheviques hayan condicionado por completo su política a la revolución mundial del proletariado es, precisamente, el testimonio más brillante de su perspicacia, de la solidez de sus principios y de la audacia de su política.
Ello pone de relieve también la importancia del salto que ha dado el desarrollo capitalista durante el decenio último. La revolución de 1905-1907 sólo encontró un eco débil en Europa por lo cual no pasó de ser un capítulo inicial; su prosecución y triunfo final estaban vinculados al desarrollo europeo.
Evidentemente el tesoro de experiencias y enseñanzas de esta revolución no se va a hacer visible gracias a la apología acrítica sino solamente merced a una crítica detallada y reflexiva. De hecho sería ridículo creer que en el primer experimento en la historia del mundo con la dictadura de la clase obrera todo lo que se haya hecho o dejado de hacer en Rusia haya sido el colmo de la perfección; en especial porque este experimento con la dictadura obrera se ha realizado bajo las circunstancias más difíciles que quepa pensar en medio de la guerra mundial y del caos de un genocidio imperialista, en la red de hierro de la potencia militar más reaccionaria de Europa y en el abandono más completo por parte del proletariado internacional.
Los conceptos elementales de la política socialista y la comprensión de sus presupuestos históricos necesarios obligan a admitir que por el contrario bajo circunstancias tan adversas ni el idealismo más grandioso ni la energía revolucionaria más decidida están en situación de realizar la democracia y el socialismo sino únicamente un primer bosquejo importante y desfigurado de ambos.
Es un deber elemental de los socialistas de todos los países ver esto con claridad en todas sus conexiones y consecuencias más profundas ya que sólo con este conocimiento amargo puede medirse toda la magnitud de la responsabilidad propia del proletariado internacional por los destinos de la Revolución Rusa.
Por otro lado solamente de este modo puede apreciarse la importancia decisiva de la solidaridad internacional en el avance de la avalancha inicial de los años de 1911 a 1913 y una vez comenzada, revolución proletaria, esto es como una condición fundamental sin la cual las capacidades mayores y el sentido más elevado de sacrificio del proletariado en un solo país acaban en una confusión de contradicciones y errores.
Tampoco cabe duda alguna de que muchas de las decisiones más graves que Lenin y Trotsky, los dirigentes más capacitados de la revolución rusa, tuvieron que tomar en su camino sembrado de espinas y de trampas de todo tipo se tomaron tras vencer la indecisiones internas más profundas y en lucha también contra las resistencias más extremas; y nada parecería más impropio a estos dirigentes que la idea de que todos sus actos realizados en las condiciones amargas de coacción y de urgencia en el torbellino vertiginoso de los acontecimientos sean admitidos por la Internacional como modelo sublime de política socialista, pues tal es una actitud para la que únicamente resultan apropiadas la admiración acrítica y la imitación servil. (…)
No será suscitando un estado de exaltación revolucionaria cómo se hará nacer la capacidad de acción histórica del proletariado alemán sino por el contrario procurando que éstos comprendan la gravedad formidable y la complejidad de sus tareas y consiguiendo que las masas alcancen la madurez política, la independencia espiritual y la capacidad de juicio crítico que la socialdemocracia alemana ha venido extirpando sistemáticamente durante decenios bajo las excusas más diversas.
La consideración crítica de la Revolución Rusa en todas sus circunstancias históricas constituye el mejor entrenamiento del proletariado alemán e internacional para las tareas que la situación actual les depara.
Los méritos de la táctica bolchevique
En tal situación corresponde a los bolcheviques el mérito histórico de haber proclamado desde el principio y defendido con tenacidad férrea la única táctica que podía salvar a la democracia, llevar adelante la revolución. Todo el poder exclusivamente en manos de las masas de obreros y campesinos, en manos de los soviets era de hecho la única salida a las dificultades en que se hallaba la revolución, era el tajo decisivo que permitiría
cortar el nudo gordiano y ayudaría a sacar a la revolución del callejón sin salida abriendo ante ella la perspectiva amplia de una expansión posterior sin límites.
El partido de Lenin era por tanto el único en Rusia que comprendía los intereses auténticos de la revolución en aquel primer período; era el elemento impulsor de la misma por ser el único partido que aplicaba una política verdaderamente socialista.
Así se explica también que los bolcheviques, una minoría proscrita, calumniada y acosada por todos lados al principio de la revolución, pasaran en un tiempo mínimo a dirigirla concentrando bajo sus banderas a todas las genuinas masas populares: el proletariado urbano, el ejército, el campesinado, así como los elementos revolucionarios de la democracia, el ala izquierda de los socialistas revolucionarios.
La situación real de la Revolución Rusa quedó determinada luego de algunos meses en la disyuntiva: victoria de la contrarrevolución o dictadura del proletariado, Kaledin o Lenin. Tal era la situación objetiva que se da en toda revolución una vez que se ha disipado el entusiasmo originario que también se manifestó en Rusia en razón de las cuestiones concretas y esenciales de la paz y la tierra y para las cuales no había solución posible en el marco de la revolución burguesa.
La Revolución Rusa no ha hecho aquí más que confirmar la enseñanza fundamental de toda gran revolución cuya ley vital es que o avanza de modo rápido y decisivo destruyendo los obstáculos con puño de hierro y fijándose de continuo objetivos más ambiciosos o la contrarrevolución la aplasta de inmediato haciéndola retroceder a una situación débil anterior a su punto de origen. La revolución no puede inmovilizarse, dar vueltas en tomo al mismo punto ni tampoco resignarse con el primer objetivo que haya alcanzado. Y quien pretenda aplicar las trivialidades de las batallas parlamentarias entre ranas y ratones al campo de la táctica revolucionaria prueba con esto que la psicología e incluso la ley vital de la revolución le resultan tan ajenas y tan llenas de misterios como la propia experiencia histórica.
Tomemos el ejemplo de la Revolución Inglesa desde su comienzo en 1642. La propia lógica de las cosas, las debilidades vacilantes de los presbiterianos, la guerra titubeante contra el ejército realista, en la cual los jefes presbiterianos evitaron a propósito una batalla decisiva y con ella una victoria sobre Carlos I, todo ello convirtió en una necesidad inevitable que los independientes expulsaran del parlamento a los presbiterianos y tomasen el poder. A su vez dentro del ejército independiente la masa inferior de soldados pequeñoburgueses, los «niveladores» de Lilburne (4) representaban la fuerza motriz de todo el movimiento independiente. Finalmente los elementos proletarios de la masa de los soldados, los revolucionarios más avanzados que se organizaban en el movimiento de los «diggers» (5), constituían a su vez el fermento del partido demócrata de los «niveladores».
De no haberse dado la influencia espiritual de los elementos proletarios revolucionarios sobre la masa de los soldados y de no haberse ejercido presión por parte de la masa democrática de soldados sobre las clases burguesas superiores del partido independiente (6), nunca se hubiera llegado a la «limpieza» de presbiterianos en el parlamento largo o a la victoria final en la guerra contra el ejército de la nobleza y en la guerra contra los escoceses y tampoco se hubiera llegado al proceso y ejecución de Carlos I, a la abolición de la Cámara de los Lores y a la proclamación de la República.
¿Qué sucedió en la gran Revolución Francesa? Luego de la lucha de cuatro años pudo verse que la toma del poder por los jacobinos era el único medio de salvar las conquistas de la revolución, implantar la república, destruir el feudalismo, organizar la defensa interna y externa de la revolución, aplastar la conspiración contrarrevolucionaria y hacer que la onda revolucionaria que partía de Francia se extendiera por toda Europa.
Kautsky y sus cofrades rusos que quisieran preservar el «carácter burgués» de la primera etapa de la Revolución Rusa son la reproducción exacta de aquellos liberales alemanes e ingleses del siglo pasado que distinguían los famosos dos períodos en la gran revolución francesa: la revolución «buena» del primer período girondino y la revolución «mala» a partir del golpe de Estado jacobino.
La superficialidad de la concepción liberal de la historia no atina a comprender por supuesto que sin el golpe de Estado de los «descomedidos» jacobinos las primeras y tímidas semiconquistas de la fase girondina quedarían sepultadas de inmediato bajo las ruinas de la revolución, que la alternativa real a la dictadura jacobina como se presentaba en las circunstancias históricas de 1793, no era la democracia «comedida» sino la restauración de los Borbones. La «tercera vía áurea» no puede mantenerse en ninguna revolución ya que la ley natural de ésta exige una decisión rápida: o la locomotora asciende la pendiente histórica a todo vapor hasta alcanzar la cúspide o la fuerza de la gravedad la arrastrará a contramarcha hasta el fondo del que partió, haciendo caer con ella a un abismo sin salvación a todos los que pretendieron detenerla a mitad del camino con sus escasas fuerzas.
Así se explica que en cada revolución el único partido que consigue hacerse con la dirección y con el poder es el que sabe dar la consigna más avanzada y extraer de ello todas las consecuencias. Así se explica también la parte lamentable que ha correspondido a los mencheviques rusos, los Dan, Zeretelli (7), etc., quienes tuvieron, en un principio una influencia enorme sobre las masas pero luego de prolongadas vacilaciones y de haberse resistido con uñas y dientes a ocupar el poder y hacerse cargo de sus responsabilidades han desaparecido de la escena sin pena ni gloria.
El partido de Lenin fue el único que comprendió el mandamiento y el deber de un partido auténticamente revolucionario, el único que aseguró el avance de la revolución gracias a la consigna: todo el poder al proletariado y al campesinado.
De esta forma han conseguido resolver los bolcheviques la famosa cuestión de la «mayoría del pueblo» que atormenta como una pesadilla a los socialdemócratas alemanes. Discípulos fervientes del cretinismo parlamentario se limitan a aplicar a la revolución las trivialidades de su casa cuna parlamentaria: si se quiere conseguir algo hay que tener primero la mayoría. Lo mismo sucede con la revolución: primero tenemos que ser una «mayoría».
Sin embargo la verdadera dialéctica de la revolución invierte el sentido de esa banalidad parlamentaria: no es la mayoría la que lleva a la táctica revolucionaria, sino la táctica revolucionaria la que lleva a la mayoría. Únicamente un partido que sabe dirigir o sea impulsar hacia adelante se gana a los seguidores en su avance.
La decisión con que Lenin y sus camaradas han dado en el momento preciso la única consigna progresiva de todo el poder al proletariado y a los campesinos, han hecho que casi de la noche a la mañana su partido pase de ser una minoría perseguida calumniada e ilegal cuyo dirigente como Marat tenía que esconderse en los sótanos, a convertirse en el amo absoluto de la situación.
Los bolcheviques se han apresurado asimismo, a formular como objetivo de su toma del poder el programa revolucionario más completo y de mayor trascendencia es decir no el afianzamiento de la democracia burguesa sino la dictadura del proletariado a fin de realizar el socialismo. Así se han ganado el mérito histórico imperecedero de haber proclamado por primera vez los objetivos finales del socialismo como programa inmediato de la política práctica. (…)
La cuestión de la tierra
Los bolcheviques son los herederos históricos de los niveladores ingleses y de los jacobinos franceses; pero la tarea concreta que les ha correspondido luego de la conquista del poder en la Revolución Rusa ha sido incomparablemente más difícil que la de sus predecesores históricos.
(Piénsese en la importancia de la cuestión agraria; ya en 1905; y, luego, en la 3ª Duma (8), los campesinos de derechas; cuestión campesina y defensa; el ejército.) No hay duda de que la consigna de ocupación y reparto inmediato de las tierras entre los campesinos era la fórmula más corta, más simple y más eficaz para conseguir dos cosas: destruir el latifundismo y ganar el apoyo inmediato de los campesinos para el gobierno revolucionario. Como medida política para fortalecer el gobierno proletariosocialista ésta era una táctica excelente; por desgracia tenía un anverso y un reverso y el reverso consistía en que la ocupación inmediata de tierras por parte de los campesinos, por lo general, no tiene nada que ver con la economía socialista.
La transformación socialista de las relaciones económicas aplicada a las agrarias implica dos principios:
En primer lugar la nacionalización de los latifundios, única que puede conseguir la concentración técnica progresiva de los medios y métodos agrarios de producción que, a su vez, ha de servir como base del modo de producción socialista en el campo. Si bien es cierto que no es cierto que no es preciso confiscar su parcela al pequeño campesino y que se puede dejar a su libre albedrío la decisión de aumentar su beneficio económico, primeramente mediante la asociación libre en régimen de cooperativa y luego mediante su integración en un conjunto social de empresa, también lo es que toda reforma económica socialista en el campo tiene que empezar con la propiedad rural grande y mediana; tiene que transferir el derecho de propiedad a la Nación o si se quiere, lo que es lo mismo, tratándose de un gobierno socialista al Estado puesto que solamente esta medida garantiza la posibilidad de organizar la producción agrícola según criterios socialistas, amplios e interrelacionados.
En segundo lugar el presupuesto de esta transformación sin embargo es la supresión de la separación entre la agricultura y la industria, rasgo característico de la sociedad burguesa, para sustituirla por una interpenetración mutua y una fusión de ambas así como un perfeccionamiento tanto de la producción agrícola como de la industrial. Como quiera que se organice el cultivo práctico a través de comunas urbanas como proponen unos o de una central nacional, en todo caso la condición previa es una reforma organizada unitariamente y dirigida centralmente que, a su vez, tiene como presupuesto la nacionalización de la tierra. La nacionalización de la propiedad agrícola grande y mediana y la unificación de la industria y la agricultura son los dos criterios fundamentales de toda reforma económica socialista sin los cuales no se puede dar el socialismo.
¿Quién puede reprochar al gobierno soviético de Rusia que no haya realizado reformas tan vastas?
Sería una broma pesada pedir a Lenin y sus camaradas o esperar de ellos que en el lapso breve de su gobierno, en medio del torbellino impetuoso de las luchas internas y externas, acosados por enemigos y obstáculos innumerables, que, en estas circunstancias resuelvan o traten de hacerlo, una de las tareas más difíciles incluso cabe decir la tarea más difícil de la transformación socialista.
También nosotros, en Occidente, una vez que hayamos llegado al poder y en condiciones más favorables hemos de quebrarnos más de un diente al roer ese hueso antes de que hayamos superado las más simples de las mil dificultades que presenta esa tarea ciclópea.
Una vez en el poder el gobierno socialista está obligado a tomar medidas orientadas en el sentido de aquellos presupuestos fundamentales de toda reforma socialista posterior de las relaciones de producción en el campo o, por lo menos, tiene que evitar todo lo que bloquee su camino hacia tales medidas.
En este sentido la consigna de ocupación y reparto inmediato de las tierras entre los campesinos lanzada por los bolcheviques tenía que conseguir el resultado contrario. Esta consigna no solamente no es una medida socialista sino que es su opuesto y levanta dificultades insuperables ante el objetivo de transformar las relaciones agrarias en un sentido socialista.
La ocupación de las fincas por los campesinos provocada por la consigna escueta y lapidaria de Lenin y sus amigos de «¡Id y apropiaos de la tierra!», condujo únicamente a una conversión caótica de los latifundios en propiedad campesina; lo que se consiguió no fue la propiedad social sino nueva propiedad privada y además despedazamiento de las grandes posesiones en propiedades pequeñas y medianas; conversión de la gran explotación relativamente avanzada en la pequeña explotación primitiva que, desde el punto de vista técnico funciona con los medios de los tiempos faraónicos. Es más, a causa de esta medida y de la forma caótica y puramente arbitraria de su aplicación no se han eliminado las diferencias de propiedad en el campo sino que por el contrario, se han agudizado…
La reforma agraria leninista ha convertido en enemigo del socialismo a un sector nuevo y poderoso del pueblo en el campo cuya resistencia será más peligrosa y más tenaz que la de la nobleza terrateniente.
La Asamblea Constituyente
Vamos a comprobar esto con más detalle a la luz de algunos ejemplos.
La conocida disolución de la Asamblea Constituyente en noviembre de 1917 tiene una importancia esencial en el contexto de la política de los bolcheviques; esta medida determinó su situación posterior y, en cierto sentido, constituyó el punto crítico de su táctica (9). Es un hecho innegable que, hasta la victoria de octubre, Lenin y sus camaradas estuvieron exigiendo, con toda intransigencia, la convocatoria de una asamblea constituyente y que, precisamente la política dilatoria del gobierno de Kerenski en este aspecto, daba pie a las acusaciones de los bolcheviques, formuladas con los improperios más vehementes. En su interesante obrita, De la revolución de octubre hasta el tratado de paz de Brest (10), Trotsky llega a decir que la rebelión de octubre había sido precisamente «una salvación para la constituyente» y para la revolución en general. «Y cuando nosotros decíamos continúa que el camino hacia la asamblea constituyente no pasaba por el preparlamento de Zeretelli, sino por la conquista del poder por los soviets, teníamos toda la razón.«
Sin embargo, después de todas estas declaraciones, el primer paso de Lenin, luego de la revolución de octubre, resulta ser el desmembramiento de esa misma asamblea constituyente que había de traer la propia revolución. ¿Qué razones pueden aducirse para explicar un cambio tan desconcertante? En el escrito mencionado, Trotsky las explica minuciosamente; permítasenos reproducir aquí sus argumentos:
«Los meses anteriores a la revolución de octubre fueron una época de radicalización de izquierda de las masas y de gran afluencia de los trabajadores, los soldados y los campesinos al campo de los bolcheviques. Dentro del partido de los socialistas revolucionarios, este proceso se manifestó en el fortalecimiento del ala izquierda a costa del ala derecha. Sin embargo, en las listas electorales de los socialrevolucionarios seguía predominando, en una proporción de tres cuartos, el ala derecha.
A ello hay que añadir el hecho de que las elecciones se celebraron en las primeras semanas, a continuación de la revolución de octubre. La noticia del cambio que se había producido se extendió de modo relativamente lento en círculos concéntricos, de la capital hacia las provincias y desde las ciudades hacia las aldeas. En muchos lugares las masas campesinas no sabían lo que estaba sucediendo en Moscú y Petrogrado; votaron por «tierra y libertad»’ y por sus representantes en los comités campesinos que, en la mayoría de los casos, eran seguidores de los «narodniki» (11). Con ello, sin embargo, estaban votando por Kerenski y Avxentiev (12), que habían disuelto dichos comités y hecho detener a sus miembros…
Esta situación permite hacerse una idea clara de en qué medida la Constituyente se había quedado retrasada con relación a la lucha política y a los grupos de los partidos.»
Todo esto es perfecto y muy convincente. Tan sólo resulta sorprendente que personas tan inteligentes como Lenin y Trotsky no hayan dado con la conclusión inmediata que se deriva de los hechos citados. Si la Asamblea Constituyente ya estaba elegida mucho antes del punto crítico, de la rebelión de octubre, y en su composición reflejaba la imagen de un pasado superado y no de la nueva situación, la conclusión evidente era liquidar esa asamblea caduca, no nata, y convocar sin tardanza nuevas elecciones para la Constituyente. Los bolcheviques no querían y no debían encomendar el futuro de la revolución a una asamblea que reflejaba la Rusia de ayer, el periodo de las debilidades y de la coalición con la burguesía; perfecto, lo único que había que hacer era convocar de inmediato otra asamblea que representase a la Rusia más avanzada y renovada.
En lugar de llegar a esta conclusión, Trotsky se centra en las deficiencias específicas de la Asamblea Constituyente reunida en octubre y llega a generalizar acerca de la inutilidad de toda representación popular surgida del sufragio universal durante el período de la revolución.
«Es en la lucha abierta e inmediata por el poder de gobierno donde, en el plazo más breve, las masas trabajadoras amontonan la mayor cantidad de experiencia política y ascienden con la máxima rapidez en su desarrollo, de escalón en escalón. El mecanismo pesado de las instituciones democráticas es tanto más lento con respecto a este desarrollo cuanto mayor es el país y más incompleto su aparato técnico«(Trotsky).
Aquí aparece ya el «mecanismo de las instituciones democráticas«. Frente a él debe comenzar por señalarse que, en esta valoración de las instituciones representativas, se manifiesta una concepción esquemática y rígida que viene a contradecir la experiencia histórica de todas las épocas revolucionarias. Según la teoría de Trotsky, toda asamblea electa refleja de una vez por todas la mentalidad, la madurez política y el estado de ánimo del cuerpo electoral en el momento de la elección. Según esto, la asamblea democrática es siempre el reflejo de las masas al día de la elección, igual que el firmamento de Herschel nos muestra siempre los cuerpos celestes, no como son cuando miramos hacia ellos, sino como eran en el momento de enviar sus mensajes de luz a la tierra desde distancias inconmensurables. Esta teoría niega toda conexión espiritual viva entre el elector y el electorado, así como toda acción recíproca entre los dos.
¡Cuán contrario es esto a lo que la experiencia histórica muestra! La experiencia histórica nos enseña que la corriente viva del sentir popular impregna las asambleas representativas, las penetra y las dirige. ¿Cómo es posible, si no, que hoy día presenciemos en todos los parlamentos europeos las piruetas más hilarantes por parte de los «representantes populares», quienes repentinamente, como imbuidos de un «espíritu» nuevo, comienzan a emplear tonos Inesperados; cómo es posible que las momias más resecas hoy día se comporten de modo juvenil y que los diversos «Scheidemancillos», de repente empleen acentos revolucionarios, ahora que las fábricas, los talleres y la calle comienzan a hacer ruido?
¿Y precisamente en una revolución iba a ser donde esta influencia perpetuamente viva de la madurez política de las masas sobre las asambleas electas fracasara ante el esquema rígido de los emblemas de los partidos y las listas electorales? Precisamente al revés. Es justamente la revolución la que, con su incandescencia, crea aquella atmósfera política fina, vibrante y sensitiva, en la cual las ondas del sentimiento popular, el latido de la vida del pueblo, influyen de inmediato y de la forma más maravillosa en las instituciones representativas. Precisamente de este modo se explican las escenas tan conocidas y llenas de efecto de los comienzos de toda revolución, cuando parlamentos reaccionarios anteriores o, por lo menos, sumamente moderados, elegidos por sufragio restringido bajo el antiguo régimen, repentinamente se convierten en portavoces heroicos de la revolución, en lugares llenos de arrebatados y radicales. El ejemplo clásico es el ofrecido por el famoso «parlamento largo» en Inglaterra que, elegido y reunido en 1642, duró siete años y reflejó en su interior todos los cambios y desviaciones del sentimiento popular, así como la madurez política, las divisiones de clase y el avance de la revolución, desde las primeras escaramuzas humildes con la corona, dirigidas por un «presidente» que estaba de rodillas, hasta la supresión de la cámara de los lores, la ejecución de Carlos I y la proclamación de la república.
¿Acaso no se ha dado el mismo cambio maravilloso en los Estados Generales de Francia y en el parlamento censitario de Luis Felipe? ¿No se ha dado también y es el último ejemplo, que tan cercano cae a Trotsky de nuevo en la cuarta Duma rusa que, elegida el año de gracia de 1909, bajo el dominio más intransigente de la contrarrevolución, repentinamente, en febrero de 1917, siente el acicate renovador de la transformación y se convierte en el origen de la revolución? Todo esto prueba que «el mecanismo pesado de las instituciones democráticas» posee un corrector poderoso en el movimiento vivo de las masas en la presión ininterrumpida que éstas aplican.
Y cuanto más democrática sea la institución y cuanto más vivo y poderoso el pulso de la vida política de las masas, tanto más inmediato y exacto es el efecto de la acción, a pesar de los emblemas de partidos, las listas electorales envejecidas, etc. Por supuesto, toda institución democrática tiene sus límites y sus defectos, igual que toda institución humana. Lo que sucede es que el medicamento que han encontrado Lenin y Trotsky, esto es, la supresión de la democracia, es aún peor que el mal que pretenden curar, puesto que en realidad, sepulta el manantial vivo que permite corregir todas las insuficiencias natas de las instituciones sociales, es decir, la vida política activa, libre y enérgica de las masas populares más amplias.
Dictadura de la clase o dictadura del partido
Lenin dice que el Estado burgués es el instrumento para la opresión de la clase trabajadora y que el Estado socialista lo es para la opresión de la burguesía. En cierto modo es, pues, el Estado capitalista puesto del revés. Esta concepción simplificada olvida lo esencial: el dominio burgués de clase no precisa ninguna educación o instrucción de las masas populares, al menos más allá de ciertos límites muy determinados; para la dictadura del proletariado, en cambio, esta educación y formación son el elemento vital, sin las cuales no puede existir.
«Es en la lucha abierta e inmediata por el poder de gobierno donde, en el plazo más breve, las masas trabajadoras amontonan la mayor cantidad de experiencia política y ascienden con la máxima rapidez en su desarrollo, de escalón en escalón.» Aquí Trotsky se contradice a sí mismo y a sus propios amigos en el partido. Precisamente por ser cierto lo anterior, al suprimir la vida pública los bolcheviques han cegado la fuente de la experiencia política y la ascensión del desarrollo. O quizá haya que suponer que la experiencia y el desarrollo fueron necesarios hasta la conquista del poder por los bolcheviques, alcanzaron en ella su punto culminante y, a partir de entonces, se hicieron superfluos. (Discurso de Lenin: Rusia está madura para el socialismo (¡¡¡)).
La realidad es justamente la inversa: las tareas gigantescas que los bolcheviques afrontaron con valor y decisión exigieron la educación política de las masas y la recolección de experiencias más intensa.
La libertad que se concede únicamente a los partidarios del gobierno y a los miembros del partido, por numerosos que sean éstos, no es libertad. La libertad es solamente libertad para los que piensan de otro modo. Y no precisamente a causa del fanatismo de la «justicia», sino debido a que todo lo que hay de enriquecedor, de saludable y de purificador en la libertad política, depende de ello y su eficacia desaparece cuando la «libertad» se convierte en un privilegio.
De ser sinceros, los bolcheviques no podrán negar que tuvieron que ir tanteando paso a paso, intentando, experimentando, probando aquí y allá, y que una buena parte de sus medidas no es ninguna joya. Lo mismo sucederá con nosotros, cuando nos pongamos a la misma tarea, por más que no en todas partes reinen condiciones tan difíciles.
La teoría de la dictadura en Lenin y Trotsky parte de un presupuesto tácito, según el cual la revolución socialista es cosa que ha de hacerse mediante una receta que tiene preparada el partido de la revolución; éste no tiene más que aplicarla enérgicamente. Por desgracia o, quizá por fortuna, depende de las circunstancias esto no es cierto. No solamente no es una serie de prescripciones prestas para la aplicación, sino que, como sistema social, económico y jurídico, la realización práctica del socialismo es algo que pertenece a las tinieblas del incierto futuro. Lo que tenemos en nuestro programa no son sino algunos indicadores generales que muestran la dirección en que deben tomarse las medidas, siendo éstas, además, de carácter predominantemente negativo. Sabemos, más o menos, lo que es preciso destruir de antemano a fin de allanar el camino a la economía socialista; no existe, sin embargo, programa de partido o libro de texto socialistas que nos ilustren acerca del carácter que han de tener las mil medidas concretas y prácticas, amplias o estrictas, para introducir los fundamentos socialistas en la Economía, en el Derecho y en todas las relaciones sociales. Esto no es un defecto, sino precisamente, la ventaja del socialismo científico sobre el utópico. El sistema socialista únicamente puede ser, y será, un producto histórico, nacido de la escuela propia de la experiencia, en el momento de la plenitud del desarrollo de la historia viva que, como la naturaleza orgánica (de la que, al fin y al cabo, forma parte), tiene la bella costumbre de crear, al mismo tiempo la necesidad social real y los medios para satisfacerla, el problema y la solución.
Si se admite esto, es claro que el socialismo, en razón de su carácter, no se puede otorgar o implantar o por medio de un decreto; el socialismo implica como supuesto una serie de medidas de violencia, contra la propiedad, etc.. Lo negativo, lo destructivo, puede darse por decreto; no así lo constructivo, lo positivo. Estamos aquí en tierra virgen, enfrentados a mil problemas. Tan sólo la experiencia nos permite corregir el rumbo y trazar nuevos senderos. Únicamente la efervescencia de una vida sin cortapisas produce mil formas e improvisaciones nuevas, alumbra la fuerza creadora y corrige todos los desatinos por sí sola. La vida pública de los Estados con libertad limitada resulta tan mezquina, tan miserable, esquemática e infructuosa porque, al excluir la democracia, se aísla de todas las fuentes de riqueza y progreso espirituales. (La prueba, el año de 1905 y los meses de febrero a octubre de 1917). Igual que en estos momentos hubo vida política, también debe haberla social y económica; y las masas populares por entero deben tomar parte en ella. De otro modo el socialismo aparece decretado, otorgado desde el cenáculo de una docena de intelectuales.
La fiscalización pública sin reservas es imprescindible; de no ser así el intercambio de experiencias no sale de los círculos cerrados de los funcionarios del nuevo gobierno y la corrupción se hace inevitable. (Palabras de Lenin, boletín informativo núm. 29.)
La práctica del socialismo exige una transformación espiritual completa de las masas, degradadas por siglos de dominación burguesa de clase. Instintos sociales en lugar de instintos egoístas, iniciativa de las masas en lugar de la desidia; el idealismo, que hace superar todos los sufrimientos, etc.. Nadie sabe esto mejor que Lenin, nadie lo expone de modo tan penetrante y lo repite de manera tan obstinada como él. Pero Lenin se equivoca por completo en la elección de medios. Los decretos, el poder dictatorial de los capataces en las fábricas, los castigos draconianos, el dominio del terror, todo esto no son más que paliativos. La única posibilidad de un renacimiento reside en la escuela de la propia vida pública, en la democracia más amplia y más ilimitada, en la opinión pública. Lo único que hace el terror es desmoralizar.
¿Qué quedaría, en realidad, si todo esto desapareciera? Lenin y Trotsky han sustituido las instituciones representativas, surgidas del sufragio popular universal, por los soviets, como única representación auténtica de las masas trabajadoras. Pero al sofocarse la vida política en todo el país, también la vida en los soviets tiene que resultar paralizada. Sin sufragio universal, libertad ilimitada de prensa y de reunión y sin contraste libre de opiniones, se extingue la vida de toda institución pública, se convierte en una vida aparente, en la que la burocracia queda como único elemento activo. Al ir entumeciéndose la vida pública, todo lo dirigen y gobiernan unas docenas de jefes del partido, dotados de una energía inagotable y un idealismo sin límites; la direc ción entre ellos, en realidad, corresponde a una docena de inteligencias superiores; de vez en cuando se convoca a una asamblea a una minoría selecta de los trabajadores, para que aplauda los discursos de los dirigentes, apruebe por unanimidad las resoluciones presentadas. En definitiva, una camarilla, una dictadura, ciertamente, pero no la del proletariado, sino una dictadura de un puñado de políticos, o sea, una dictadura en el sentido burgués, en el sentido del jacobinismo (recuérdese la prolongación
de los plazos entre los congresos de los soviets, de tres a seis meses). Lo que es más grave: estas circunstancias tienen que provocar una degeneración de la vida pública: atentados, fusilamiento de rehenes, etc..
La lucha contra la corrupción
El lumpenproletariado constituye a su vez, un problema por derecho propio y de la mayor importancia en toda revolución con el cual también tendremos que enfrentarnos en Alemania y en otras partes. La condición del lumpenproletariado es inherente a la esencia de la sociedad burguesa y no solamente como un sector especial de ésta, como una escoria social que crece de modo especialmente notorio en la época del hundimiento de las bases de todo el orden social sino como un elemento integrante del conjunto de la sociedad.
Las circunstancias en Alemania más o menos como en todos los demás Estados han mostrado la facilidad con que degeneran todos los sectores de la sociedad burguesa. Las diferencias entre la especulación comercial, las trampas, las especulaciones, los negocios imaginarios de ocasión, la adulteración de alimentos, la estafa, la prevaricación, el hurto, el allanamiento y el atraco se hacen tan confusas que desaparecen los límites entre la honestidad burguesa y la carne de presidio. Es éste un fenómeno igual al de la degeneración que se produce siempre en las buenas costumbres burguesas, trasplantadas a un suelo social extraño por exigencias de las relaciones coloniales ultramarinas. Con la desaparición de las barreras convencionales y de los cimientos de la moral y el derecho, la sociedad burguesa cuya ley de vida es la inmoralidad suma de la explotación del hombre por el hombre, se hunde en la degeneración de modo inmediato e irrefrenable. La revolución proletaria tendrá que combatir en todas partes contra este enemigo, instrumento de la contrarrevolución.
También en este aspecto es el terror una espada inservible e incluso, de dos filos. La ley marcial más terrible es inútil para contener los excesos del lumpenproletariado; es más, toda prolongación del estado de sitio conduce inevitablemente a la arbitrariedad y toda arbitrariedad produce una degeneración de la sociedad. Los únicos medios eficaces al alcance de la revolución proletaria, son: medidas radicales de carácter político y social, transformación urgente de las garantías sociales de la vida de las masas, extensión del idealismo revolucionario que únicamente puede mantenerse a la larga por medio de la libertad política ilimitada y de la vida activa de mayor intensidad de las masas.
La oposición entre democracia y dictadura
El error básico de la teoría de Lenin y Trotsky es que exactamente igual que Kautsky, contraponen la dictadura a la democracia. «Dictadura o democracia» es como plantean la cuestión tanto los bolcheviques como Kautsky; el último se pronuncia lógicamente por la democracia y concretamente por la democracia burguesa a la que considera como una opción frente a la revolución socialista; Lenin y Trotsky se pronuncian en cambio por la dictadura en oposición a la democracia, es decir, por la dictadura de un puñado de personas, por la dictadura según el modelo burgués. Son dos polos opuestos, equidistantes de la verdadera política socialista. Una vez conquistado el poder el proletariado no podrá seguir el buen consejo de Kautsky y renunciar a la revolución socialista bajo pretexto de la «inmadurez del país» concentrándose únicamente en la democracia sin traicionarse a sí mismo, a la Internacional y a la revolución. El proletariado debe -y a ello está obligado- aplicar medidas socialistas inmediatas del modo más enérgico, inflexible y sin contemplaciones, es decir, tiene que ejercer la dictadura pero la dictadura de la clase y no la de un partido o una camarilla; dictadura de la clase que supone la publicidad más extensa, la participación más activa y sin trabas de las masas populares, la democracia ilimitada.
«Los marxistas no hemos sido jamás idólatras de la democracia formal«, escribe Trotsky. Cierto, no hemos sido jamás idólatras de la democracia formal; tampoco lo hemos sido nunca del socialismo o del marxismo. ¿Acaso quiere esto decir que, al igual que Cunow-Lensch-Parvus, podemos arrinconar el socialismo y el marxismo en el trastero cuando nos resultan incómodos? Trotsky y Lenin son la negación viviente de esta pregunta. Si no hemos sido jamás idólatras de la democracia formal es porque siempre hemos distinguido un meollo social de una forma política en la democracia burguesa, siempre hemos revelado la pepita amarga de la ausencia social de igualdad y libertad dentro de la cáscara dulce de la igualdad y la libertad formales; y no para tirarla sino para incitar a la clase obrera a no conformarse con la cáscara sino a conquistar el poder político y rellenarla con un contenido social nuevo.
Una vez en el poder la tarea histórica del proletariado es sustituir a la democracia burguesa por la democracia socialista y no abolir toda clase de democracia. La democracia socialista, sin embargo, no se puede dejar para la tierra prometida cuando se dé la economía socialista, como un regalo de Reyes para el pueblo obediente que, entre tanto, ha sostenido fielmente al puñado de dictadores socialistas; la democracia socialista comienza a la par con la destrucción del poder de clase y la construcción del socialismo; comienza en el momento en que el partido socialista conquista el poder. La democracia socialista no es otra cosa que la dictadura del proletariado.
¡Pues sí, dictadura! Pero esta dictadura no consiste en la eliminación de la democracia sino en la forma de practicarla, esto es en la intervención enérgica y decidida en los derechos adquiridos y en las relaciones económicas de la sociedad burguesa sin la cual no cabe realizar la transformación socialista. Pero esta dictadura tiene que ser la obra de una clase y no la de una pequeña minoría dirigente en nombre de una clase; esto es tiene que ir resultando paso a paso de la participación activa de las masas, asimilar su influencia inmediata, someterse al control de toda opinión pública, surgir de la educación política creciente de las masas populares.
Así es como hubieran procedido hasta ahora los bolcheviques de no haberse encontrado frente a las exigencias de la guerra, la ocupación alemana y todas las dificultades extraordinarias que éstas llevan consigo y que desfiguran toda política socialista por más llena de buenas intenciones y bellos propósitos que esté.
Un argumento poderoso a favor de esta interpretación es la aplicación intensa del terror por parte del gobierno de los consejos, y especialmente durante la última época antes del hundimiento del imperialismo alemán desde el atentado al embajador alemán. La perogrullada de que la revolución no es un baño de agua de rosas resulta, en sí misma, bastante mísera.
Todo lo que está pasando en Rusia es comprensible y constituye una concatenación inevitable de causas y efectos, cuyo origen y conclusión final no es otro que la traición por parte del proletariado alemán y la ocupación de Rusia por el imperialismo alemán. Sería pedir lo imposible de Lenin y de sus camaradas suponer que, bajo tales circunstancias, podrían conjurar la democracia más bella, la dictadura del proletariado más perfecta o una economía socialista floreciente. Gracias a su actitud decididamente revolucionaria, su energía ejemplar y su fidelidad inquebrantable al socialismo internacional, los bolcheviques han hecho todo lo que cabía hacer en unas condiciones tan endemoniadas.
Lo peligroso comienza cuando tratan de hacer de necesidad virtud y de consolidar teóricamente y proponer al proletariado internacional como modelo de táctica socialista, digna de imitación, esa táctica que a ellos les fue impuesta bajo condiciones tan desdichadas. De este modo al situarse innecesariamente en primer plano, su mérito histórico, auténtico e innegable, aparece disminuido a la luz de los desacuerdos cometidos a causa de la necesidad y con ello prestan un flaco servicio al socialismo internacional en defensa del cual han luchado y han sufrido; en especial cuando tratan de acumular, como si fueran conocimientos nuevos, todos los disparates cometidos en Rusia bajo la necesidad y la presión y que por otro lado, únicamente son reflejo de la bancarrota del socialismo internacional en esta Guerra Mundial.
Los socialistas gubernamentales alemanes pueden proclamar que el poder de los bolcheviques en Rusia es una caricatura de la dictadura del proletariado; tanto si lo era como si lo es, ello se debe a que es un producto de la actitud del proletariado alemán que a su vez era una caricatura de la lucha socialista de clases. Todos estamos sometidos a la ley de la historia y el orden socialista únicamente puede realizarse en el plano internacional. Los bolcheviques han demostrado que son capaces de hacer todo lo que es posible para un partido verdaderamente revolucionario al límite de las posibilidades históricas. Nadie debe pedirles milagros porque un milagro sería que se pudiera realizar una revolución proletaria modelo, irreprochable, en un país aislado, agotado por la Guerra Mundial, agobiado por el imperialismo y traicionado por el proletariado internacional. Lo importante es distinguir lo esencial de lo inesencial, el meollo de lo ocasional en la política de los bolcheviques.
Conclusión
En estos últimos tiempos en que nos enfrentamos con luchas finales decisivas en todo el mundo, el problema más importante del socialismo es como lo era antes, no ésta o aquella cuestión menor de la táctica sino la capacidad de acción del proletariado, la energía de las masas, la voluntad de poder del socialismo como tal. En este aspecto, Lenin, Trotsky y sus amigos son los primeros que han predicado con el ejemplo al proletariado internacional; son los primeros y hasta ahora los únicos que pueden decir con Hutten: «¡Yo me he atrevido!«
Este es el aspecto esencial y perenne de la política de los bolcheviques a los que corresponde el mérito histórico imperecedero de mostrar el camino al proletariado mundial en lo relativo a la conquista del poder político y los temas prácticos de la realización del socialismo, así como de haber impulsado poderosamente el enfrentamiento entre el capital y el trabajo en todo el mundo. Lo único que cabía hacer en Rusia era plantear el problema, no resolverlo.
En este sentido, el futuro pertenece en todas partes al «bolchevismo».
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Notas:
Escrito en 1918 en la cárcel y publicado póstumamente por primera vez por Paul Levi en 1922. Esta versión se ha tomado de la edición de las Obras Escogidas de Rosa Luxemburg, de la editorial Ayuso, 1978. Se ha prescindido de o modificado algunas notas. En ciertas partes del escrito se han realizado correcciones puntuales de acuerdo con la traducción inglesa de Workers Age Publishers (New York), 1940. Los subtítulos son de esta edición y se han basado en su mayoría en los de la versión inglesa mencionada aunque también se han añadido otros. No obstante se ha conservado la división por capítulos en números romanos que probablemente se remonte a la primera edición.
- Die Neue Zeit, órgano teórico del SPD alemán, fundado en 1883. Karl Kautsky fue su director hasta 1917.
- Paul Borisovich Axelrod (1850-1928) y Fedor Ilyich (Gurvich) Dan (1871-1947). Axelrod, antiguo populista, fue luego uno de los fundadores del grupo Emancipación del trabajo», junto a Plejanov y Vera Zasulich. Dan fue miembro del Consejos de Redacción de Iskra, junto a Martov, Martinov, Protesov y Maslov, luego del IV congreso del Partido Socialdemócrata ruso del 23 de abril al 8 de mayo de 1906. Contra Dan dirigió Lenin algunos de sus más feroces ataques, habiéndole acusado en cierta ocasión de «haber bebido un té» en compañía de los cadetes Miliukov y Nabokov. Dan fue luego detenido por los bolcheviques y expulsado de Rusia.
- Friedrich Stampfer fue elegido redactor jefe de Vorwarts, órgano central de la Socialdemocracia alemana, en 1916
- Los niveladores (Levellers) constituían la fracción radical del partido independiente durante la revolución inglesa de 16421649. Pedían sufragio universal; su jefe era Lilburne.
- Los «diggers» (cavadores o niveladores auténticos) constituían un movimiento radical de origen campesino en contra de la desigualdad durante la revolución inglesa. Pedían el reparto de las tierras. Su jefe era Winstanley, que posteriormente emigró a los Estados Unidos. El movimiento de los diggers fue aplastado por la fuerza de las armas.
- El partido independiente durante la revolución inglesa era el que orientaba la oposición de las sectas contra la Iglesia del Estado.
- Irakli G. Zeretelli (1882-1959), menchevique que formó parte del Gobierno provisional a partir del 15 (28) de mayo de 1917. Era partidario de la prosecución de la guerra.
- Tercera Duma. Tras la disolución de la segunda Duma el 3 de junio de 1907, se convocaron elecciones para para la tercera Duma el 1 de septiembre de 1907 bajo una ley electoral que aún restringía más el voto de los pueblos no rusos, el campesinado y los trabajadores. Lenin, en minoría entre los bolcheviques, votó por participar en las elecciones junto a los mencheviques, los delegados polacos, letones y del Bund. La Duma se reunió el 1 de noviembre de 1907, con una mayoría de diputados de derechas octubristas, liberalconservadores. Los socialdemócratas eran sólo 18. De ellos únicamente cinco eran bolcheviques y, de éstos, uno, V. E. Surkanov, era un agente de la policía.
- Las elecciones a la Asamblea Constituyente se celebraron el 25 de noviembre (8 de diciembre) de 1917, y en ellas los bolcheviques obtuvieron menos de un cuarto de los votos; es decir, que de los 707 diputados, 370 eran socialistas revolucionarios; 175, bolcheviques; 45, socialistas revolucionarios de izquierda; 17 cadetes, y 16 mencheviques. En consecuencia, los bolcheviques mandaron disolver la Asamblea Constituyente mediante el decreto de disolución del 6 (19) de enero de 1918.
- Obra escrita en 1917 y publicada en Berlín en 1918.
- Los populistas (narordniki) eran una organización revolucionaria rusa operante en la segunda mitad del siglo XIX, que sostenía la función predominante de los campesinos en la revolución. La autocracia caería como resultado de una serie de revueltas de los campesinos. Bastaba para ello que los revolucionarios (en su mayoría jóvenes burgueses) practicasen la política de «ir al pueblo» (de ahí les viene el nombre de «populistas»).
- Avxentiev, ministro del interior del gobierno de Kerenski.
*Rosa Luxemburgo (1871-1919)
Fue una teórica marxista de origen judío.
Militó en el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) hasta que en 1914 se opuso a la participación de los socialdemócratas en la I Guerra Mundial por considerarla un «enfrentamiento entre imperialistas». Integró desde entonces el grupo internacional que en 1916 se convirtió en la Liga Espartaquista, un grupo marxista que será luego el origen del Partido Comunista de Alemania (KPD). Al terminar la guerra fundó el periódico La Bandera Roja junto con el alemán Karl Liebknecht. Sus libros más conocidos publicados en castellano son Reforma o Revolución (1900), Huelga de masas, partido y sindicato (1906), La Acumulación del Capital (1913) y La revolución rusa (1918). Tomó parte en la frustrada revolución de 1919 en Berlín, aun cuando este levantamiento tuvo lugar en contra de sus consejos. La revuelta fue sofocada con la intervención del ejército y la actuación de los freikorps o ‘cuerpos libres’ (grupos de paramilitares reclutados entre los combatientes recién desmovilizados financiados por banqueros y empresarios principalmente) en colaboración con el sector mayoritario del partido socialdemócrata. A su término cientos de personas, entre ellas Rosa Luxemburgo, fueron encarceladas, torturadas y asesinadas por dichos grupos.
Tanto Rosa Luxemburgo como Karl Liebknecht poseen una gran carga simbólica para el marxismo especialmente en Alemania. Actualmente, un domingo a mediados de enero se celebra cada año en Berlín el día de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht en recuerdo del asesinato de los dos dirigentes comunistas el 15 de enero de 1919.





