Varey E.Viera
A 30 años, nuestro silencio no es ausencia. Es un rugido contenido donde resuenan los nombres, los pasos y los fusiles obreros de quienes no se rindieron. En ese silencio estremecedor vive la revolución que les debemos.
Cada 20 de mayo, la ciudad se detiene. Los tambores callan, las consignas se apagan, las bocas se cierran. Pero quien confunda ese silencio con vacío, no ha entendido nada. Porque el nuestro no es un silencio cualquiera. Es un silencio estremecedor, un silencio preñado de rugido, un silencio donde suenan —uno por uno, como martillos sobre el yunque de la conciencia— los nombres de los desaparecidos.
Este es el silencio que las instituciones no soportan. El capitalismo en crisis pueden tolerar un silencio de derrota, un silencio de resignación, un silencio de súplica. Pero este silencio nuestro es otra cosa. Es un silencio que acusa, que nombra, que organiza. Es el silencio que retumba en los sótanos de los cuarteles y en los despachos alfombrados donde se pactó la impunidad. Porque en este silencio no hay olvido: hay memoria insurrecta.
Donde suenan sus nombres, suena su proyecto
En nuestro silencio no hay un minuto de recogimiento estéril. Hay una proclama. Cada nombre que resuena en la mente de quienes marchamos es un ladrillo en la construcción de la memoria verdadera. No los recordamos como «víctimas inocentes» de una violencia abstracta, como pretende la historiografía oficial. Los recordamos como lo que fueron: militantes, obreros, estudiantes, luchadores que eligieron un bando en la guerra de clases, y por tomar una decisión política perdieron mucho más que su vida, perdieron su existencia y dejaron en su ausencia una herida sin cerrar.
Sus nombres son también sus ideas, sus sindicatos, sus comités de base, sus asambleas. Son la Convención Nacional de Trabajadores, son la FEUU combativa, son los cordones industriales que el gran capital aprendió a temer.
El silencio de la Marcha es estremecedor precisamente porque en él caminan con nosotros. Cada paso que damos sobre el asfalto es acompañado por el eco de sus pasos, esos que dieron sobre la tierra de los batallones, sobre el cemento de las cárceles, sobre el pasto de los centros clandestinos. Pasos que no se detuvieron ni ante la picana ni ante la tortura. Pasos que hoy nos marcan el camino. La ausencia de las instituciones no puede silenciar lo que ese andar colectivo construye: un puente entre su generación y la nuestra, entre su combate y el que nos espera.
Sus gritos bondiando derechos, sus victorias por concretar
Nuestro silencio está atravesado por sus gritos. Gritos que no fueron súplica, sino exigencia. Gritos que bondearon derechos como se bondea un ómnibus en una ciudad ocupada por la rebeldía. Ellos gritaron por pan, por tierra, por techo, por dignidad obrera, por socialismo, por comunismo y anarquismo. No era gimnasia, era lucha de clases, guerra social, un enfrentamiento crudo contra el capital.
Esos gritos no sé apagarán, no podemos permitirlo, si deben ser transformados en el programa que su memoria nos exige.
En nuestro silencio estremecedor, sus gritos bondiando derechos se convierten en reclamo concreto: el derecho a la verdad completa, no la que revictimiza o criminalizar a nuestrxs compañeras, una historia completa, con los que hoy son 205 desaparecidos, pero que como sabemos seguro deben ser más.
El derecho a la justicia de clase, no la de los jueces que archivaron causas y liberaron torturadores. El derecho a la memoria rebelde, no la de los feriados y los discursos oficiales. Cada nombre que suena en el silencio es un grito que exige la apertura total de los archivos militares, la cárcel común para todos los genocidas y sus cómplices civiles, el fin de este verdadero genocidio ideológico perpetuado por el plan cóndor con la complicidad de civiles y militares uruguayos.
Pero también suenan sus victorias.
Victorias que no llegaron a ver, pero que nosotros tenemos la obligación histórica de concretar. La victoria de un sindicalismo clasista y combativo que derrote la burocracia sindical pactista. La victoria de una izquierda revolucionaria que no administre el capitalismo con rostro progresista. La victoria de la clase trabajadora organizada tomando en sus manos su destino. Esas son las victorias que el silencio reclama, las que sus nombres nos demandan.
La revolución que debe ser efectuada
Y en la médula de este silencio, como un corazón que bombea futuro, late la revolución que debe ser efectuada. Porque el proyecto de los desaparecidos no era reformista. No luchaban por un lugar más amable en la mesa del amo. Luchaban por destruir la mesa y construir una sociedad sin explotadores ni explotados. Ese es el contenido último de nuestra consigna de Memoria, Verdad y Justicia. No es un tríptico para enmarcar en una oficina estatal: es un programa de lucha que culmina en la revolución socialista.
El Estado lo sabe. Por eso teme más a este silencio que a cualquier estruendo. Porque el estruendo puede ser reprimido, dispersado, criminalizado. Pero este silencio es indestructible. Es un silencio que organiza, que une, que traza una línea de continuidad entre la generación que enfrentó la dictadura cívico-militar y la que hoy enfrenta el ajuste, la precarización y la entrega nacional. Es un silencio que dice: no nos han derrotado, aquí estamos, aquí seguimos, y no pararemos hasta que todo el andamiaje de este Estado burgués se derrumbe.
Un silencio que es declaración de guerra
Este 20 de mayo, a 30 años de la primera Marcha, que nadie se confunda. Nuestro silencio no es duelo: es declaración de guerra contra el olvido y la impunidad. Es la guerra de la memoria de la clase trabajadora contra la memoria del Estado. Es la guerra de la verdad arrancada contra la verdad secuestrada en los archivos. Es la guerra de la justicia popular contra la justicia de clase.
En el silencio estremecedor de la Marcha, los desaparecidos no son ausencia: son presencia militante. Sus nombres son banderas. Sus pasos son la marcha que no termina. Sus gritos son el programa que nos legaron. Y la revolución, la revolución que debe ser efectuada, es el horizonte irrenunciable hacia el cual caminamos, con ellos, en silencio, pero con el alma a todo volumen.
En nuestro silencio, sus nombres suenan.
En nuestros pasos, los suyos avanzan.




